Fue justo cuando Saki salió de la furgoneta cuando le vio. Clint era tal como se había imaginado. Y para su sorpresa, observó un escaso bigote que acentuaba su hombría.

Verlo en los primeros momentos de su nueva vida era una señal. Quizás todo iba a salir bien, después de todo. Saki sintió que su ánimo mejoraba.

“¡Clint!” Gritó saliendo de la furgoneta. “¡Clint!”

Cuando Clint se dio la vuelta hacia Saki, sus ojos se encontraron. El cuerpo le tembló inmediatamente. Pensaba tanto en él y con detalles tan íntimos, que ciertas partes de su cuerpo de 18 años le añoraban. Por ello, cuando Clint se giró hacia el chico que estaba a su lado y se alejó de repente, Saki se quedó de piedra.

“¡Qué cabrón!” Dijo Saki lo suficientemente algo para que la escucharan a su alrededor.

“Cuidado con ese lenguaje, Sakina”. Le ordenó su madre.

Saki se giró hacia su madre, que dirigía su atención hacia el edificio de administración. “Pero es que no lo entiendes. Conozco a ese chico.” Saki buscó las palabras para explicarle a su madre su enorme decepción. Estaba arrasada. ¿Cómo podía expresarlo con palabras?

“Cállate y vamos a terminar con esto”, dijo su madre, dejando a las chicas detrás.

‘Si, realmente es una madre horrible”, decidió Saki.

Se tomó su tiempo para echar un vistazo mejor alrededor. Frente a ella, los edificios de ladrillo anaranjado se alineaban en filas, conectados con barracones y pasillos. Repartidas podían verse cocoteros y plantas florecidas. Las chicas llevaban faldas de cuadros azules y los chicos, pantalones de vestir en verde oscuro.

Esto no se parecía en nada a de donde ella venía. Y teniendo en cuenta la rareza de todo aquello, se preguntó qué se encontraría a continuación.